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Homilía con ocasión del 139 aniversario de la elevación a distrito de la ciudad de Ypacaraí
 
 
Ypacaraí, 13 de septiembre de 2026
 
 

En este momento de encuentro entre la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús y la Ciudad, particularmente con las autoridades que la representan –a las cuales saludo con estima y aprecio, empezando por el señor Intendente, Fernando Raúl Negrete Caballero, que está a punto de cerrar un período de 18 años de servicio a la Ciudad marcado por una respetuosa colaboración con la Parroquia– surge la pregunta: ¿cuál es el aporte propio de la Parroquia a la Ciudad de Ypacaraí?

Las respuestas podrían ser múltiples, pero una de las contribuciones más relevantes que el equipo pastoral da a la Ciudad es sin duda la evangelización de la cultura.

¿Qué se entiende por cultura?

Según una definición muy eficaz del Papa san Juan Pablo II, “la cultura es el estilo de vida común que caracteriza a un pueblo y que comprende la totalidad de su vida: el conjunto de valores que lo animan y de desvalores que lo debilitan... En una palabra, la cultura es la vida de un pueblo”[1].

Esta perspectiva es particularmente importante porque significa que evangelizar una cultura no consiste simplemente en transmitir contenidos religiosos, sino en entrar en diálogo con la manera concreta en que las personas viven, piensan, trabajan, se relacionan.

Se trata entonces de encarar particularmente lo que san Juan Pablo II llamaba los desvalores que debilitan a un pueblo. Diferentes observadores de la realidad del Paraguay han identificado uno de estos desvalores en las connotaciones que se atribuyen al concepto de mbarete (“fuerte”), que, a menudo, define la persona que usa ilícitamente las prerrogativas o las investiduras de un cargo público para su provecho personal.

En realidad, no se trata solo de algo que influye en las relaciones de tipo vertical, o sea entre autoridades y simples ciudadanos, sino también, e incluso más frecuentemente, en las relaciones de tipo horizontal, entre vecinos o personas que comparten el mismo espacio, como la calle, o que utilizan el mismo servicio, por ejemplo, esperando que se les atienda en un Centro de Salud Pública.

Hay que destacar primero que el concepto de mbarete es ambivalente, y sirve también para calificar de manera positiva. Por eso, un hombre o una mujer puede ser mbarete en el sentido de la integridad, de la valentía, de ser luchador. Un apretón de manos o un abrazo pueden ser mbarete, la publicidad nos habla de motos y de combustibles mbarete. Todos recordamos que los partidos de la albirroja fueron acompañados por el himno “Soy guaraní, soy mbarete”.

Pero, junto a estas connotaciones positivas hay otras negativas. La llamada “ley del mbarete” se refiere habitualmente a aquellas situaciones en las cuales no son respetados los derechos del otro. Según la clasificación del periodista y ensayista Helio Vera, la ley del mbarete es una de las tres principales en el Paraguay, juntamente con la del “vaí-vaí” y la del “ñembotavy”.

Se actúa siguiendo esta ley cuando uno decide llevarse las reglas por delante sin acatar lo que establecen las normas formales o de convivencia. Es un comportamiento intrínsecamente prepotente, y a menudo las relaciones cotidianas son el ámbito donde se aplica esta ley.

Los ejemplos al respecto son varios, empezando por la polución sonora, que es la segunda emergencia nacional. El ruido constante por música fuerte o aparatos de sonido es el segundo motivo de llamadas al Sistema de Emergencias 911 en todo el país (superando las 40.000 llamadas de enero a agosto de 2025), solo por detrás de la violencia intrafamiliar[2]. Esto evidencia una falta generalizada de consideración acerca del hecho de que hay vecinos que tienen que levantarse de madrugada para ir al trabajo, otros enfermos o incluso agonizantes, otros que están llorando por un fallecido, y el estruendo de una música no encaja para nada con la situación que están viviendo.

Es polución sonora también la que generan las motos con escape modificado ilegalmente, precisamente porque así el conductor se considera mbarete, e incluso colectivos con escape roto. Casi cada celebración en este Templo se ve obligada a insertar pausas imprevistas e inoportunas porque el pase de las motos y de los colectivos en cuestión impide oír otro sonido fuera del ruido del escape.

La basura es también otro ámbito donde se manifiesta la actitud de quien se hace guiar por la ley del mbarete.

No deja de sorprender, en efecto, que tantos de nuestros conciudadanos consideren como normal quemar su basura, sin tener en cuenta no solo de que ese humo es cancerígeno –y es muy preocupante constatar cuántos casos de cáncer se registran en nuestra querida Ypacaraí, en todas las clases de edad– sino también de que hay vecinos que acaban de colgar la ropa, y seguramente no les gustará retirarla con olor a humo y con ceniza.

Por no hablar, siempre en tema de basura, de quienes piensan resolver el problema tirando sus desechos en la vereda del vecino o a lo largo de rutas poco frecuentadas. El estado de nuestros arroyos es un testimonio de esta incivilidad.

Dejar sin limpiar el patio baldío, donde se reproducen los Aedes aegypti, vectores de la propagación de dengue y chikungunya, poniendo en peligro a todo el barrio y particularmente a las personas más vulnerables, son otros comportamientos que caracterizan a quien se siente mbarete.

En realidad, para una ciudad que, con justa razón, aspira cada vez más a posicionarse como una meta turística, se vuelve necesario que, desde el evento público más concurrido hasta cada emprendimiento particular en la calle, siempre uno se haga la pregunta: ¿cuántos basureros vamos a necesitar para este evento o para este comercio, y dónde vamos a ubicarlos? ¿Cómo vamos a reciclar?

Sin embargo, llegan también momentos en los cuales este personaje choca inevitablemente con la dura realidad, descubriendo que su supuesta fuerza nopuede nada contra ella. Y frecuentemente esos momentos son también los más dramáticos para otros, como lamentablemente hace poco hemos constatado, una vez más, en Pedrozo. El mbarete se considera invencible, protegido, se repite a sí mismo y a los demás: “A mí no me va ocurrir”, cree que a él no se aplican no solo las leyes del Estado, sino tampoco las de la naturaleza, particularmente cuando se confronta con la fuerza de los vehículos, que también son mbarete. Es en esta convicción de invencibilidad donde radican comportamientos tan perniciosos como los que van desde el subirse a una moto sin casco o superando el número de pasajeros permitidos, hasta el manejar, en una fuerte bajada, un camión sobrecargado o con frenos descompuestos.

Es una expresión de esta mentalidad también el querer aparentar y aparecer, algo que ha sido incrementado de manera formidable por las redes sociales, donde la mayoría de los posteos tienen que ver con fiestas, comidas, viajes, el lucir atuendos llamativos. La ley del mbarete impone priorizar el “ser vistos” y obtener muchos “me gusta”, además de desatar la violencia verbal de los famosos “leones del teclado”.

De ahí que, por ejemplo, la celebración de cumpleaños de los niños, con gastos muy relevantes, prevalezca sobre ahorros que permitan invertir en el futuro de esos niños a través de la educación, o prepararse para momentos difíciles, sin tener que recurrir a la solidaridad de vecinos y amigos a través de polladas y otras iniciativas.

Al señalar estos ejemplos en los cuales se refleja la mentalidad del mbarete, que permea muchos aspectos de la vida común, la intención no ha sido cierto la de indicar las prioridades de un programa político para la ciudad, que evidentemente es algo mucho más amplio y complejo.

Más bien, tratar estos temas a los cuales acabo de hacer brevemente alusión, y mostrar el íntimo vínculo que tienen con la fe cristiana, ilustra lo que puede significar evangelizar la cultura. “Una fe que se hace cultura”, en efecto, es el tema que ha guiado muchas iniciativas de formación en nuestra Parroquia, particularmente para los jóvenes, y que sigue inspirándolas. 

En esta “evangelización de la Ciudad” la Parroquia, a través de la maduración de las conciencias que promueve, puede ser un aliado importante de las autoridades que quieran el auténtico progreso del pueblo, para una convivencia armónica.

La Iglesia intenta derrocar la mentalidad del mbarete desde adentro, desde el corazón; las autoridades, que intrínsecamente nunca podrán reclamar un derecho cualquiera sobre los corazones, tienen, de su parte, la exclusividad de otro instrumento de educación formidable: la fuerza de la ley.

Porque el choque al que asistimos es el que se produce entre, de un lado, la fuerza de la ley del Estado y, del otro, la ley del mbarete, quien, delante la amenaza de una sanción, siempre hará alarde de sus contactos con padrinos políticos y replicará: “No sabés con quien te estás metiendo”.

El papel de las autoridades es determinante para asegurar, empezando por campañas de sensibilización, que se respeten algunas normas sin las cuales la vida común se hace imposible y se pierde el sentido de la legalidad.

Es con este vivo sentimiento de sus altas y únicas prerrogativas que, con mucho respeto y en espíritu de grata colaboración, rezo por las autoridades de nuestra Ciudad, uniéndome a la oración de todos los feligreses presentes.

 Firma Michele

P. Michele Chiappo
Cura Párroco de la
Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Ypacaraí

 
 
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[1] Juan Pablo II, Discurso a los representantes del mundo de la cultura en la Universidad Católica de Santiago de Chile (3 de abril de 1987), en www.vatican.va

[2] https://www.paraguay.com/nacionales/hasta-g-5-millones-la-multa-para-vecinos-ruidosos-segun-nueva-ordenanza

 

 

 

14/09/2026